Uno de
los ejercicios que hicimos la semana pasada en el taller fue intercambiar libros significativos
para cada uno de los talleristas y utilizar solo algunas de sus primeras frases,
con las que comienzan, y su frase final. Teniendo el principio y el final (robado al
autor original), cada persona escribía su relato.
Este es
uno de los ejemplos creado por Cristina Laguía Campos, alumna del taller de
escritura de Ciguñuela. Ella recibió de una compañera el libro de Eduardo
Mendoza El asombroso viaje de Pomponio
Flato, y escribió el siguiente micro:
EL AMANTE
El día está radiante, el sol levanta su redondo vuelo y
pronto calienta la mañana. La brisa que llega desde el mar hace estremecer los
suaves cortinados de seda del ventanal abierto.
Fabio está
sentado sobre una butaca con respaldo, frente a una fuente de plata colmada de
frutos. Se lleva lentamente un racimo de uvas a la boca y de a una las va
cogiendo con los dientes, haciéndolas explotar de un mordisco por puro placer
nervioso. Está desnudo y su lampiña piel muestra varias llagas que supuran y mojan la venda
que las cubre. Mira al
imponente hombre de mirada feroz, que está vistiéndose frente a él, y en sus
ojos hay admiración y lujuria por ese cuerpo velludo y vasto, por ese olor que
dejó sobre su piel, su cama, y el recuerdo de la noche anterior le provoca una visible excitación.
El guerrero termina de vestirse y se acerca a Fabio, mirándolo indiferente, como si la noche
anterior no hubiera existido. Coge una manzana y le dice:
―Que los dioses te
guarden, Fabio, de esta plaga, pues de todas las formas de purificar el cuerpo
que el hado nos envía, la diarrea es la más pertinaz y diligente. Gracias por
tu hospitalidad, mis hombres ya están preparados para partir.
Fabio se
levanta, se pone una túnica blanca y mira hacia el patio de armas, donde los
caballos se impacientan moviendo la cola y sus cascos golpean contra el suelo.
Sabe que tiene que decir algo, pero no puede, solo sus acuosos ojos hablan en
silencio. Y apenas se le escucha murmurar:
―Que tus dioses y mi Dios te protejan en esta cruzada y te
guíen a la victoria.
El guerrero lo mira y piensa que tiene que despedirse de
aquel gentil amante que le habló de su Dios y de aquella Tierra Santa por la
que irá a luchar, solo por el derecho a ser dueño de todo lo que encuentre en los
saqueos. Le asombra su tristeza y le dice:
―Sea lo que sea, en definitiva poco importa, porque solo tengo esto por cierto: que dentro
de unos años será como si nada hubiera existido, y nadie se acordará de Jesús,
María y José, como nadie se acordará de mí ni de ti, Fabio, pues todo decae,
desaparece y se pierde en el olvido, salvo la grandeza inmarcesible de Roma.