"Tú
que anidas
en el corazón de lo incierto
para que no se te olvide nunca sonreír".
Escribir siempre es un riesgo. Algo invasor, inventado nuevas historias, personajes inverosímiles, credos que solo existen en el imaginario de cada uno.Juan Sánchez Pellicer

En los últimos talleres con los Navegantes del Palomar, o la Jornada de Cine y Literatura, se han creado mundos utópicos en los que tienen prioridad los seres humanos, en contraposición con lo que veíamos en la pantalla: propuestas irracionales, llenas de personajes de películas surgidas en el empeño de ordenar el caos imposible de nuestras vidas.
Mágicas historias surgen de la búsqueda colectiva de soluciones creativas a momentos impensados. Todo se transforma en un mundo irreal. Escribimos cómo coser botones o cómo inventar forenses amorfos. Lanzamos historias de binomios fantásticos siguiendo a Gianni Rodari o a Queneau y sus surrealistas propuestas.
Seguimos a nuestro niño-cactus de Borrón y cuento nuevo como si de un gurú del micro se tratara (individual o plural). Y en medio de todo, contamos nuestros micros ilusionados, apostando por quienes llevan el fuego, la luz.
Aquí os dejamos parte de las historias inventadas (otras aparecerán en el próximo número de la revista La Senda), no sin antes agradeceros tanta generosidad para con vuestra manera de idear, inventar, sugerir y arrebolar nuestras vidas con vuestras historias.
MASACRE AROMÁTICA
Había terminado de poner la lavadora cuando sonó su teléfono. Aquel fin de semana estaba de guardia. Requerían su presencia en el Anatómico. Acababa de aparecer un nuevo cadáver en la orilla del río, justo donde la fábrica de jabones realiza su oloroso vertido por debajo del puente, que, a pesar del pomposo nombre que le dio el arquitecto que lo diseñó, terminó por llamarse “la pompa”. En la última semana llevaban tres asesinatos, cada uno con características diferentes, y el único denominador común entre ellos era el lugar de su aparición: el desagüe de la fábrica. Esta coincidencia hizo que bautizaran estas muertes como “masacre olorosa”.
Frank, que así se llamaba el forense, cogió su gastada gabardina, la cual le llegaba por debajo de la rodilla, dándole un aspecto un tanto peculiar. De pequeño había sido sometido a un tratamiento un poco extraño. Sus piernas no se desarrollaban de forma normal y fue sometido a unos estiramientos en un aparato al que apodaban “el torturador naranja”, por el color que tenía tal artilugio. Aquellos ejercicios no dieron los resultados esperados; sus extremidades no se desarrollaron, pero en cambio su columna creció de manera inexplicable. Ello, unido a que su cabeza era un poco cuadrada, a sus ojos verdes escrutadores y a otra serie de excentricidades, como los juegos de malabares que hacía con los huesos e incluso con los útiles de trabajo, llevó a que le apodaran Frankestein, el aumentativo de su nombre.
Llegó al lugar del crimen. Normalmente llevaba un tarro con crema para darse en la entrada de las fosas nasales y disimular el olor a muerto. Hoy no era necesario, ni en los cuatro últimos casos, lo único que le gustaba de aquellos sucesos era el fantástico aroma que se podía respirar en aquel lugar de muerte. Estaba esperándole el inspector de policía que siempre le recibía con un discurso elocuente y repleto de locuciones latinas; era un filólogo frustrado con aspiraciones políticas. Le hizo un informe detallado del hallazgo del cuerpo que había sido encontrado por un barquero sumergido en el río. En esta ocasión, sorprendía la belleza de la mujer muerta. Poseía una cara infantil, se asemejaba a una muñeca con un cutis como de porcelana por acción del agua jabonosa en la piel. Llamó su atención el corte que presentaba la mejilla izquierda; era un corte limpio, con una gran profundidad. Acto seguido, voceó un ayudante de policía con un nuevo hallazgo: un libro estaba flotando. Sacaron el volumen de la corriente. Era La Celestina.
Tras las investigaciones policiales, junto con las forenses, llegaron a la conclusión de que el primer cadáver se llamaba Celeste, el segundo Calixto y la mujer, con cara de muñeca, Melibea. El corte que aparecía surcando su pómulo fue producido al caer desde el puente por el canto del libro que portaba junto a ella. Todos ellos eran integrantes de una historia fallida de amor.
Frank, al cabo de los años, cuando impartía clase, utilizaba de manera frecuente este caso, para lo cual utilizaba el libro encontrado en el río haciendo malabares con él. El ejemplar destilaba un aroma que le hacía rememorar aquella “masacre aromática”.
Elena María Olmedo Ortega
Por último, siguiendo la estela de otro blog que seguimos (http://www.dondeleestu.com/?cat=1), nos gustaría que nos contaras qué lees tú. ¿Nos lo recomiendas? Y como también nos gustan los símbolos y los ritos, ¿qué momento de lectura especial recuerdas?