
Una de sus más conocidas novelas El mar, el mar (Lumen, 1978), nos transporta directamente al vaivén del oleaje de su narrativa. La escritora irlandesa que proponemos para este primer trimestre del año, nos invita a mirar con el silencio, a escuchar el gusto estético que provoca viajar hasta los lugares que sugiere en sus libros. Todo ello con un lenguaje hipnótico y vivo, repleto de imágenes que no nos distancia de los personajes y nos permite acercarnos a sus mares.
Un mar que muestra, en sus infinitos matices, una atmósfera cálida y relajante en la que da gusto quedarse a leer. Un mar en el que se van sucediendo acontecimientos que nos invitan al cuestionamiento, no solo a la contemplación, sino a la incertidumbre como motivo de búsqueda. Un espacio en el que las preocupaciones filosóficas y morales recorren transversalmente todas sus playas.
La novela comienza así:
Un mar que muestra, en sus infinitos matices, una atmósfera cálida y relajante en la que da gusto quedarse a leer. Un mar en el que se van sucediendo acontecimientos que nos invitan al cuestionamiento, no solo a la contemplación, sino a la incertidumbre como motivo de búsqueda. Un espacio en el que las preocupaciones filosóficas y morales recorren transversalmente todas sus playas.
La novela comienza así:
El mar que se extiende ante mí mientras escribo, más que destellar, resplandece bajo el suave sol de mayo. Con el cambio de marea, se recuesta calladamente contra la tierra, casi sin huella de ondas ni espuma. Próximo al horizonte es de un púrpura suntuoso, marcado por líneas irregulares de verde esmeralda. En el horizonte es índigo. Cerca de la playa, donde la visión se da enmarcada por amontonamientos de desiguales rocas amarillas, hay una franja de verde más pálido, helado y puro, menos radiante y sin embargo opaco, no transparente. Estamos en el norte, y la luz brillante del sol no puede penetrar en el mar. Allí donde el agua golpea suavemente sobre las rocas sigue siendo una superficie de color, como una piel. El cielo sin nubes es muy pálido en el horizonte índigo, que le pone un leve trazo de plata. Su azul se intensifica y vibra hacia el cenit. Pero el cielo parece frío, hasta el sol parece frío.


















